Me
desespera el hecho de no poder conocer el futuro. ¿Por qué tenemos
recuerdos tan vívidos de lo que nos ocurrió antes, pero no podemos
saber qué es lo que nos va a ocurrir después? Me
acuerdo de absolutamente todo lo que me ocurrió en el pasado, hasta
de cuando me horadaron las orejas para ponerme los pendientes ni bien
había nacido. Qué crueles los adultos con las niñas de este mundo,
¿no?
Siempre
pienso en el futuro,
hago dibujos, intento pensar en las palabras de mamá, observo
detenidamente los lugares que siempre habito porque tal vez, un buen
día, me arrojen alguna pista.
Mis
compañeros de escuela no saben de qué les estoy hablando. Pareciera
que no entendieran mis palabras, o que incluso no hablasen el mismo
idioma, pero lo hacen. Entonces, ¿por qué nadie entiende mi
desesperación? Es como si cada día que me levanto, cada vez que
pongo un pie en el suelo para bajar de la cama, me sumergiera en una
inmensa piscina. Tan inmensa que no puedo visualizar ninguno de los
bordes. Sé nadar, claro, sino el agua ya me hubiera tragado. De
hecho, no sé si decir que es una piscina. Este mundo es mucho más
parecido al océano, en extensión y por terrorífico. Pero no puedo
ver el sol por ninguna parte, en ninguno de los extremos, como si
tuviera un techo, pero entonces no es el océano, porque el océano
no tiene techo, ¿o sí?
Me
pierdo tanto en mis pensamientos que hay veces que no sé qué es lo
que dice la maestra durante las clases. La clase que más me aburre
es la de matemáticas. No puedo encontrar en mi vida un uso práctico
para tantos números más que para comprar en el supermercado. Mamá
siempre dice que la escuela es importante porque si no aprendo a
leer, a escribir y a contar, no voy a ser “nadie” en la vida.
Pero mamá, yo ya soy alguien, soy una persona, ¿o no? No necesito
ser nada más. Ya
sé leer y mi maestra dice que tengo una letra muy bonita. ¿Para qué
necesito saber más?
Cuando
le hago esta pregunta, siempre se queda pensando y no responde, pero
hubo un día en el que me propuse saber cuál era la respuesta a esa
pregunta. Fui corriendo hasta la habitación donde tiene guardados
todos sus cuadros terminados, los a medio terminar, los bastidores en
blanco y otro tanto de obras de pintores famosos. Mamá adora pintar.
Cuando abrí la puerta estaba ordenando todo, como si viniese el
presidente de visita.
—¿Para
qué necesito saber más? — Le pregunté. Mamá me miró y su
respuesta fue tan simple que me acuerdo de la frase completa.
—Porque
si no terminarás durmiendo en la calle y con hambre. —
Todavía
no encuentro la relación entre saber una cosa y comer cada día. ¿A
los adultos les pagan por saber?
Hay
días en los que despierto y observo mis manos, no parecen ser mis
manos, se transparentan, cambian de forma y de color, pero luego
vuelven a ser como siempre fueron, diez dedos gordos y cortitos. ¿Qué
tal si todo es de otra manera y no como lo conozco ahora?
La
rutina es siempre la misma: cepillo mis dientes, me peino, me visto
(ya hago todo eso) y bajo las escaleras para desayunar. Como de
costumbre, en el trayecto de mi habitación a la cocina, escucho a
mis padres discutir. Los catorce escalones que dividen mi casa en dos
se hacen eternos, quiero llegar lo más rápido posible para que se
callen. Yo sé que frente a mí solo fingen que todo está bien, pero
no me importa, prefiero vivir en la fantasía a que estén todo el
día gritando y arrojando platos por los aires. Fue por eso que un
día, después de la escuela, acompañé a
mamá a comprar nuevos platos, porque no teníamos más,
estaban rotos y en la basura, como los sueños de todos en esta
pequeña familia.
Terminado
el desayuno, papá toma las llaves del auto, su maletín, mi mochila
y me lleva a la escuela. Nunca saluda a mamá cuando se va. Eso me
enoja, pero no puedo decirle nada, no quiero que se ponga más triste
de lo que está siempre.
Una
vez, en la cena, les conté que Antonina estaba esperando un
hermanito (Así me había dicho ella).
Es mi amiga en la escuela, la única que quiere hablar conmigo, y a
mí me gusta jugar con ella. No dio más detalles y yo no me animé a
preguntar. No entiendo cómo es que se “espera” un hermanito.
Quizás llegue un día en un paquete de regalo. Como cuando llegan
los regalos que me envía la abuela.
Más tarde, papá me preguntó si yo quería un hermanito. Mi respuesta fue sólo
la gran sonrisa que se dibujó en mi rostro. No tenía idea de dónde
había salido. Segundos después, reaccioné y le pregunté si
podíamos pedir uno por correo. Papá y mamá se miraron y rieron.
Hacía mucho que no los escuchaba reír. Después de esta
conversación siempre estaba atenta a quien tocaba el timbre, a ver
si llegaba mi hermanito envuelto en un gran paquete o con un moño en
la cabeza. Tal vez
papá y mamá no tenían dinero para pedir uno, o tal vez no querían
un nuevo integrante. Tal vez yo ya era demasiado.
Yo y mi
océano al lado de la cama, éramos demasiado.
Luego
de un tiempo, Antonina me contó que su hermanito ya había llegado,
pero nadie había tocado el timbre ni había dejado ningún paquete,
sino que a su mamá le había crecido mucho la panza como si fuese un
huevo y tuvo que ir al hospital para que la curaran. De la gran panza
salió un niño. Así aprendí que las mamás tienen sus propios
hijos, no los piden a ninguna parte. ¡Qué maravilla la existencia!
Es como la magia. Le habían puesto de nombre Felipe. Yo me
preguntaba si le habían puesto así porque estaba feliz. Antonina me
dijo que ella estaba feliz, no él, porque lloraba todo el
tiempo. Quizás había caído al nacer
en un gran océano parecido al mío. Pobre Felipe, nadie sabía lo
que le pasaba.
Todos
los días que llegaba a la escuela, Antonina tenía una nueva
historia para contarme. Su vida era tan divertida. Todo parecía
felicidad alrededor de su hermanito. Hasta que un día no apareció
en la escuela. Fue raro un día sin ella. Cuando volví a casa, mamá
me contó que su mamá había pasado al otro mundo, el mundo de la
gente que ya no tiene más vida. Como mis abuelos. Me puse contenta,
ella por lo menos tendría gente con quien charlar del otro lado de
la pared de nuestro mundo.
Esa pared es el cielo. O el techo, no sé.
Desde
ese día no quise más un hermanito. Yo quería a mi mamá para
siempre. Y se lo dije. Automáticamente se largó a llorar a
cántaros y me abrazó. Me sostuvo así
por tiempo indefinido, no tuve manera de medir cuánto. Cuando se
separó de mí, supe que había llorado mucho porque mi remera estaba
empapada en lágrimas. Lágrimas de mamá: quería escurrir la remera
y guardar las gotitas en un frasquito, para acordarme que nunca más
la tengo que hacer llorar. El resto de la tarde me sentí triste y no
fue por Antonina.
Necesito
que alguien me dijera qué es lo que va a pasar mañana, pasado
mañana y el día después. Para saber qué hacer y como portarme
bien. Sobre todo, por si mamá nos deja, a mí y a papá solos. Él
no sabe cocinar. Y yo, mucho menos, con ocho años, ni a las
hornallas me dejaban acercarme. Entonces, una tarde, le pedí a mamá
que me enseñara a cocinar, así de rico, como ella sabía.
Seguramente no sería difícil aprender. Después de pasar varias
tardes mirándola y ayudándola a hacer la cena, sé cómo cocinar
tortas, pastas y algunos cortes de carne de los que recuerdo
el nombre. Con papá no nos vamos a morir de hambre. Y yo tampoco voy
a vivir en la calle, porque ya sé hacer algo además de leer,
escribir y contar.
A
medida que transcurre el tiempo, el océano-piscina nunca se achica,
pero tampoco tiende a agrandarse. Hay veces en las que puedo salir
del agua, eso ocurre cuando me siento feliz. Cuando mis papás ríen
o cuando la abuela me manda algún regalo. Porque todos los regalos
que ella hace son fantásticos. Debe ser una mujer igual de
fantástica. No la conozco. No tengo recuerdos de haber jugado en su
falda ni de haber tomado con ella el té. Mamá dice que vive muy
lejos y que no puede venir a visitarnos, pero a mí me parece que
mamá es la que no quiere que la abuela venga.
Por
supuesto que también hay veces en las que no puedo sacar la cabeza
del agua, ni siquiera puedo nadar a la superficie. Pero jamás me
ahogo, porque además de nadar, es como si algo me sostuviera y me
regalara más oxígeno del que normalmente tengo para vivir en el
mundo subacuático. Todavía no logro descubrir donde tengo las
branquias, o si solamente la gran masa de agua que me rodea es
producto de mi imaginación. Me cuesta creer que sea imaginario. La
sensación de ahogo es real y hasta siento la picazón en los ojos
cuando los abro después de estar mucho tiempo nadando.

Me
perdí. El océano desapareció y yo no tenía donde seguir nadando
ni donde seguir estando. Aquel mundillo bajo el agua me daba vida y
ahora había desaparecido. Yo lo hice desaparecer. Yo me hice
desaparecer.
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